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Mostrando entradas de diciembre, 2024

NOCHEBUENA EN LAS CUEVAS

          A pesar del cielo azul sin mancha alguna, hacía una rasca que pelaba. En la umbría, el cubo de lata del pozo tenía en su superficie una fina capa de hielo que aún no se había fundido. Era el momento de darle muerte al pollo, el más hermoso del corral, que picoteaba el suelo, pobre inocente, sin saber que iba a servir de cena a la familia que lo había cebado. A mediodía le llegó su triste hora.         Las mujeres de la casa se afanaban en preparar la comida y cena de Nochebuena, mientras los chiquillos, jugaban al escondite, a bote o a quemar palillos en el brasero de picón, que se estaba encendiendo en la placeta. - ¡Dejad la lumbre, que os vais a mear en la cama!         Anocheció pronto. Frente a la televisión en blanco y negro estaba sentada toda la familia: el matrimonio, cuatro niños y la abuela. La cena tenía como único y principal plato el pollo bien frito con ajos, que duró un suspiro. Los platos quedaro...

LA MATANZA

        Llegó como cada año llega, el mes de diciembre, y con él, la matanza. Ese berenjenal en que se metían las familias pobres para abastecerse de proteinas los siguientes doce meses. El día de la Purísima estaba marcado más que en rojo en el almanaque de la Caja General de Ahorros, que, colgado de una alcayata detrás de la puerta, contenía ya la última hoja. Igual que estaba grabado a fuego en la masa gris del cerebro que para ese día de la Inmaculada Concepción, los cochinos cuidados y engordados durante meses en la marranera, pasarían a mejor vida.          Todo estaba preparado para la misión: los ajos pelados, el pan y los pimientos tostados, las especias listas, las tripas en agua y la cebolla, ¡ay, la cebolla!, que daba más trabajo que la matanza entera. Pelarla, picarla, cocerla, escurrirla... Esa conjunción de olores nos llegaba desde que salíamos del colegio. En la mayoría de las casas hasta llegar a la Ermita Nueva y más allá, h...