CUENTOS DE AYER

        Cuando éramos pequeños mi madre nos contaba a mis hermanos y a mí muchos cuentos. 

        De tanto repetirlos yo les tenía asignadas las localizaciones a cada uno de ellos en mi imaginación. Recuerdo que la casa de Caperucita estaba al principio del callejón de las Botijas, donde vivían los Parrilla, y la casa de la abuelita en la parte alta de la Solana. Los dos caminos, el corto y el largo que seguían el lobo y la niña eran los callejones que subían desde la Bovedilla a dicha Solana. 

        Garbancito también andaba por mi barrio de la infancia: la tienda donde iba a comprar el pequeño era la papelería de la Adora y el campo de lechugas donde se lo comió el buey, la plaza Pedro de Mendoza, antes, los Grupos.

        Pero había un cuento en especial que aún me da escalofríos cuando me acuerdo y que no sé cómo no quedamos traumatizados de por vida. Era este:

PERIQUITO Y PERIQUITA.

Érase una vez un niño que se llamaba Periquito y su hermana, Periquita. Cierto día, su madre, aprovechando que Periquito estaba dormido lo mató y lo puso a cocer en una olla grande.

Cuando Periquita llegó del colegio no vio a su hermano. Preguntó a su madre por él y esta le dijo que no había vuelto y que no abriera la olla que estaba al fuego. 

La niña no hizo caso y levantó la tapa, encontrando dentro a Periquito. No dijo ni una palabra. 

A la hora de la comida, su padre y su madre se lo comieron. 

Periquita no probó bocado y, muy triste, recogió los huesos y los sembró, los regó y los cuidó y al tiempo nació un precioso árbol lleno de las frutas más sabrosas que se pueda imaginar y en la rama más alta estaba Periquito cantando feliz.

La madre se acercó y le dijo:

—Periquito, dame.

—No que me mataste.

Luego se acercó el padre.

—Periquito, dame.

—No, que me comiste.

Y cuando llegó Periquita le pidió:

—Periquito, dame.

Tómalo para ti todo, que me sembraste, me regaste y me criaste. 


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