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2ºPremio Certamen «El sombrero de tres picos»

La hora del entierro estaba próxima. Maica llegó a aquel pueblo perdido del sur justo cuando la canícula era insoportable. Bajo la encina centenaria de la plaza de la iglesia buscó refugio de los crueles rayos del sol inmisericorde de julio. El abanico que compartía de forma alternativa con su hija movía en vano el aire cálido de un lado a otro sin conseguir alivio alguno.

Ante sus ojos cruzaron viejas enlutadas que respondían con presteza a la llamada. Desde hacía rato las campanas doblaban con esos toques roncos y pausados avisando de que ya se acercaba la hora de darle el último adiós a una de sus vecinas más longevas. Si vieron a Maica y a su hija se hicieron las locas, ignorándolas, como venían haciendo desde que salió del pueblo a buscarse la vida persiguiendo un futuro más esperanzador.

Los gruesos muros del templo mantenían fresca la nave por lo que no era mal plan ir a misa con ese calor infernal. Eso pensaron todas las mujeres del pueblo.

El cortejo fúnebre no se hizo esperar. Colocaron el féretro en el centro, a los pies del altar y los familiares más cercanos se dirigieron a los primeros bancos. Maica se encontró en la disyuntiva de mantenerse alejada en un segundo plano y dar que hablar a la concurrencia o situarse en el lugar que le correspondía como hija de la finada y dar que hablar igualmente. Decidió que de perdida al río y se sentó en la segunda fila sintiendo en la nuca las miradas y los cuchicheos de las lenguaraces. «Ahora viene la hija, para el entierro» «Dejó a la madre para irse a la capital, ahora aparece como si nada» «Mírala, no ha saludado ni a la hermana» «La corona más grande es de ella, ¿pa qué?» «¿A qué vendrá la nieta? Si ni la conocía»

Imaginando estas y otras críticas pasó el sermón, el pésame y al final, el entierro en el panteón familiar. Saludó a quien quiso acercarse y a quien no, tanto le daba. Agotada hasta la extenuación salió del camposanto a paso rápido seguida por su hija.

—¿Dónde vamos ahora, mamá?

—Donde sea. Lejos de aquí.

De camino al coche, sus pasos, inconscientes, la llevaron a la que fue su casa hasta que se marchó a la capital. Poco había cambiado, salvo el color amarillento de la fachada sin blanquear que antaño lucía blanca inmaculada. Los tiestos de geranios y esparragueras vacíos de verdor seguían en el mismo lugar.

Como la puerta de madera, las dos ventanas con el alfeizar de piedra y el poyete en el que solían sentarse las niñas todas las tardes al fresco mientras su madre y las vecinas, colocadas en corro con sus sillas de anea, desmigaban la actualidad del pueblo.

Sentada en el poyo, donde ya no le colgaban las piernas, la encontró su hermana. Las dos coincidieron en el lugar que un día fue testigo de su felicidad.

El pasado volvió de pronto a la memoria de Maica. Las cortinas echadas para envolver en penumbra las habitaciones y evitar el calor, el gazpacho de cebolla y pepino, los baños en las frescas acequias, las tardes de juegos por el pueblo hasta la anochecida, las historias de miedo de las abuelas, las confidencias al oído con su hermana en las madrugadas, el sentarse en ese poyete sin hacer nada. En definitiva, el valor de las cosas sencillas y tiempo de sobra para disfrutarlas.

 Estuvieron sentadas, en un mutismo voluntario, hasta que el lucero del alba apareció por el oriente. Al fin, la hermana rompió el silencio.

—Hiciste bien marchándote, Mari Carmen. Ojalá yo hubiera sido tan valiente.

—No. Ojalá yo me hubiera quedado aquí.

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