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SER DE LAS CUEVAS

Que nadie se llene la boca diciendo que es cuevero si no lo siente en sus carnes y en su alma. Ser de las Cuevas no sólo es nacer o vivir bajo montañas de arcilla. Es algo más profundo. Es sentirse en comunión con la tierra que se pisa, compartir una forma de vida particular; es defenderse de los ataques que siempre hemos sufrido, es la lucha continua contra el menosprecio y el abandono.  Soy cuevera porque lo siento en lo más hondo de mi ser.  Mis ojos me muestran los cerros ocres con sus chimeneas blanquisimas, cobijo de buenas almas. El cerro de la Escalera y el de la Bala son nuestros vigías. Mis oídos me traen sonidos especiales: el piar de las aves libres, las conversaciones de los vecinos, las herramientas del picaor, las zambombas.  El sabor de las uvas de los parrales y el dulzor de los higos maduros me recuerdan donde estoy. El olor del barro de la alfarería de Pepe Balboa, del pan recién horneado de Tomás, las morcillas del Fifo. El aroma del tomillo y del rome...

FRÍO

El día amanece frío. Se nota en el agua condensada en las ventanas y en el frescor del suelo. También se siente en el ánimo, en las pocas ganas de salir fuera y enfrentarse a las bajas temperaturas, con lo bien que se está bajo el abrazo de las sábanas. Conforme los primeros rayos de sol acarician la tierra, el hielo caído sobre las hierbas, tejados y coches, desprende chispas brillantes. Pero para frío, el de antes. Los cueveros no podíamos quejarnos mucho; la calidez de los cerros nos hacía la vida más llevadera, pero salir fuera hace cuatro décadas se las traía. El agua se cuajaba en los cubos en capas de  hielo de un dedo de espesor y la ropa tendida para secar la víspera, amanecía tiesa como para quedarse de pie. Partíamos al colegio rígidos como los caballeros de la Edad Media con armaduras, de tantas capas de ropa superpuestas. Llevábamos sobre el cuerpo la camiseta, después la "espumilla", también llamada cuello cisne, que nos apretaba tanto que para quitárnosla casi ...

NIÑA TRISTE

Se levanta temprano, con las estrellas, con pocas ganas, con mucha pena.  Es obligada como cualquiera, a echar el día en la escuela. En casa tiene madre, abuela. cuatro hermanos y más problemas. En el colegio nadie la espera, ni a la entrada ni al salir fuera. Los otros niños pasan de ella, porque ser pobre es una condena. Y nadie sabe que ella es buena, aunque vaya arrastrando la pena negra, de ver en casa larga cadena, oprime el pecho tanta faena. Se acuesta triste porque resuenan en su cabeza muchas peleas. Sólo será feliz cuando se duerma allá en los sueños se ve sirena.

ADVIENTO

Arrancábamos con alegría la hoja de noviembre del calendario gigante con la publicidad de la Caja de Ahorros que ocupaba media pared. Creíamos entender que era el pistoletazo de salida hacia la Navidad el ver Diciembre en letras rojas y mayúsculas. Una invitación a preparar las cuatro bolas y el pino cuanto antes. Pero la abuela, arrastrando el luto eterno por un familiar u otro y con pocas ganas de fiesta, nos frenaba en seco. "Todavía faltan ocho días. Ya lo dice el refrán,  De la Purísima a San Antón, Pascuas son” No tocaba sino esperar. A la semana ya teníamos a mi padre frito para que nos cortara la rama de pino. Por no oírnos más, salió con su hacha y cortó una de las ramas bajas y no demasiado grande del pino de la entrada a la placeta y nos ayudó a ponerla en un cubo lleno de arena, manteniéndose equilibrada a duras penas. Colocamos el arbolillo en una esquina del portal; antes se ponía en la salita, pero con lo que creció la familia, o salía un niño o el pino, y así se hi...

EL ÁNGEL JUGUETÓN

 Llevaba varios días insistiendo con que quería darse una vuelta por la Tierra, pero Dios no le daba permiso. El pobre angelillo no lo entendía;  pensaba que era discriminatorio que a él, precisamente a él, que era más apañado que las antiguas pesetas, no lo dejaran pasear un poco fuera del Cielo. “Siempre con la misma cantinela- se decía para sus adentros -que si soy joven, que si la experiencia, que no tengo oposiciones, bla, bla, bla. Una noche de estas me escapo y me dejo caer por allí” No pasó mucho tiempo cuando llegó a sus oídos una conversación de dos ángeles veteranos sobre una visita a un pueblo del sur. Decían que se trabajaba bien como Ángel de la Guarda y además, se estaba en la gloria, casi como en el mismo Cielo. ¡Qué mejor lugar para estrenarse! Ni corto ni perezoso sacudió sus alas y antes de que se pusiera el sol ya estaba en Guadix, que así se llamaba el pueblo. Aquellos ángeles se quedaron cortos en alabar el lugar. Una preciosa luz dorada bañaba los edific...

LOS MANTECADOS

  Llegué del colegio helada de frío y muerta de hambre. El entrar en la cueva supuso un alivio para lo primero: ese calorcito que salía desde las entrañas de la tierra sentaba más que bien. Aún con ello, el brasero de picón bajo la mesa de camilla, desprendía más calidez al ambiente cada vez que la abuela, manos expertas en este menester, le echaba una "firma" con la paleta de hierro. Para lo del hambre necesitaba más que calor; al mediodía había lentejas para comer y yo me apliqué el final del refrán: " ... y el que no, las deja” y más de medio plato escarabajeado quedó en la mesa. Por ello las tripas rugían como un león. En la cocina encontré poca galguería para consolar mi estómago y de pronto recordé que mi madre ya había comprado la caja de mantecados para la Navidad, que estaba próxima.  Conociendo lo galgos que éramos mis hermanos y yo misma, hizo como todos los años: guardarla en el último rincón de la cueva, pues sabía que si dábamos con ella, para Nochebuena só...

TARDE DE SÁBADO

Llevaba toda la tarde del sábado viendo series. Se había propuesto liquidar por segunda vez La casa de papel ese fin de semana, en plan sofá, manta y comida basura sin remordimientos. Iba por el tercer episodio de la maratón cuando un hastío enorme le sobrevino de pronto.  En el mismo momento en que le dio al botón de detener le llegó la idea como una iluminación; sólo necesitaba el traje negro. Ese que le regaló su madre cuando se graduó y que lo mismo le hacia el apaño para fiestas como para entierros, cambiando únicamente la corbata o prescindiendo de ella en casos más informales, y la camisa, unas veces blanca, otras celeste, así parecía que nunca repitiera atuendo. Esta vez eligió camisa blanca y corbata estrecha color granate. De tal guisa se presentó en el restaurante justo cuando la copa de bienvenida estaba en su pleno apogeo. El truco estaba, descubrió pronto, en actuar con naturalidad. Moverse entre las altas mesas rebosantes de copas ya vacías y picotear de las intermin...