Entradas

EL TOMILLO ETERNO

Cuenta mi padre, ya octogenario, que también le contaba el suyo, que la gran mata de tomillo que corona el cerro que vemos desde nuestras casas lleva ahí desde que se acuerdan, lo que significa que ya estaba crecido cuando España perdió Cuba. Desde su mirador privilegiado tiene una de las vistas más maravillosas del mundo. A sus espaldas sale el sol que recorta las siluetas de la Alcazaba y la Catedral y alumbra con su luz mágica los cerros de arcilla y al frente, el barrio de las Cuevas al completo, con sus fachadas encaladas, sus blancas chimeneas, los parrales y las higueras y que va desde el barranco de Fuente Mejías hasta el cerro de la Escalera, pasando por Cañadas y Veredas. A sus pies ha visto crecer y desaparecer varias generaciones de hombres y mujeres humildes:  sirvientas, lavanderas,  agricultores, pastores, alfareros… Los Trillos, los Chuscas, La Pimpoya, los Huetes, los Trastornos, los Parrillas, los Pacheches, los Atanasios, los Ferrones, los Borreguillos, el F...

FIESTA DE GRADUACIÓN

Sabe que esa noche es su última oportunidad. No puede desaprovecharla, así que está dispuesta a poner toda la carne en el asador, o mejor el hueso, porque con ese cuerpo esquelético que la naturaleza le ha dado, poca chicha tiene que asar. El caso es que es la fiesta de su graduación. Ya finaliza esa etapa que comenzó seis años atrás y que no le deja buen sabor de boca.  En este tiempo ha estudiado, reído, llorado y se ha enamorado, pero con la mala suerte de no ser  correspondida. ¡No tenía en quien poner el ojo! Nada menos que en el guaperas de turno por el que suspiraba la mitad o más de las féminas del instituto. Para él era invisible, no podía compararse en elegancia ni en porte con las demás y la inteligencia no se ve a simple vista, por desgracia. Seis años sin atreverse a dirigirle la palabra y ahora, esa última cena se convertía en su postrera esperanza. Se había comprado un vestido largo, rojo, con algo de vuelo para aparentar unas anchuras que no tenía. También el p...

50 CLAVOS

Despertó antes del alba de un sobresalto. No sabía a ciencia cierta si había sido un ruido o un mal sueño, el caso es que de pronto se vio sentada en la cama con su mano derecha aferrada al camisón a la altura del pecho. Se levantó con la intención de beber un poco de agua para remojar la boca tan seca que se le había quedado del susto. Con la bata enguatada echada sobre los hombros se dirigió a la cocina, sin encender luz alguna guiándose por el resplandor de la lámpara de su mesita de noche y la costumbre. Llegó, bebió y regresó a la habitación. Por el trayecto puso atención al cuarto donde dormía su marido. No compartían cama desde que le habían puesto el aparato ese del oxigeno ya que era imposible pegar ojo a su lado y con esa excusa por fin pudo descansar tranquila. No se oía nada fuera de lo normal. Todavía pudo dormir unas horas antes de que el sol se colara por la ventana. Sin prisa se desperezó, se vistió y fue al baño a asearse. La puerta del otro dormitorio seguía cerrada y...

PRIMAVERA

Llegaba la primavera y era como si una explosión de vida nos alcanzara a medio camino mientras nos disponíamos a guardar los leotardos y las rebecas hasta el invierno siguiente. Febrero loco se iba dando la lata hasta última hora y para el mes de San José, aunque todavía hacía fresco, todo estaba verdeando. Los niños volviamos de la escuela andando pues pocos coches entorpecían nuestro camino y en el trayecto, siempre despacio, nos sucedían la mayoría de nuestras aventuras infantiles. Rara era la tarde que no nos diera por perseguir algún gato o perro, o dar patadas a una piedra o lata que llevábamos hasta nuestro destino. Siempre nos encontrábamos con otros niños, enemigos principalmente, con los que cruzábamos algunas palabras de más. Dábamos rodeos por otras calles con el fin de alargar la conversación con nuestros íntimos e incluso nos atrevíamos a cazoletear en alguna casa abandonada. Para cuando llegábamos al hogar, las madres andaban  ya preocupadas, casi a punto de salir a ...

COSTALERO DE PASIÓN

Las campanas dan las seis. El tiempo se le ha echado encima y ya tenía que estar camino de la Ermita. Siempre pasa igual. Que si la faja, que dónde está la chaqueta, espera que me eche unos caramelos en el bolsillo. Más que olvidos son los nervios, aunque de boca diga que está tranquilo. Y eso que no es su primera vez de costalero, ya son algunos años; desde que era casi un niño lleva portando sobre su nuca al Señor de Pasión. Pero hoy es distinto. Es un día especial: la primera vez en la Catedral. Sale de la casa con el costal y la faja enrollados bajo el brazo. “Al final se ha quedado buena tarde”, piensa. El año pasado, la temida aunque deseada lluvia, hizo acto de presencia y tuvieron que regresar al templo. Ya siente el peso en su cuello. La música se va colando por los respiraderos al igual que por los poros de su piel, y al par, ese izquierdo adelantado de cuarenta hombres, comienza su buen andar por el Barrio de las Cuevas. “Pasito, y otro. Dame derecha atrás. No hay prisa, dis...

DESCENDIMIENTO

El Viernes Santo es Cuevero. El barrio está de luto, pero el precioso atardecer se empeña en negarlo. Los postreros rayos de un sol radiante se cuelan a raudales por la puerta de la Ermita, abierta de par en par para dar paso al Descendimiento. En la Plaza del Padre Poveda hay tantos sentimientos como personas. Esa abuela en primera fila para ver, aunque sea solo los pies de su nieto que se estrena de costalero y al que cree reconocer por las zapatillas nuevas. Ese niño que busca con ansia los ojos de su madre en la fila de penitentes. El hombre que se conforma con ver desde fuera el paso que un día no tan lejano llevó sobre sus hombros y que por problemas de salud, ya no puede. Ese penitente que, con lágrimas en los ojos, va acumulando años de promesa: "Mientras pueda te acompañaré, Señor". Y todos, en el recuerdo, tienen a alguien que se fue y que hoy, más que nunca, echan en falta. Las Cuevas, blanquísimas de cal franquean el paso al cortejo. Padres, hijos y hermanos bajo ...

MISERICORDIA, SEÑOR

 La noche es fría, bastante fría para esta época. La gente de allí abajo, que es como los llamamos los de aquí arriba, suben en masa a La Ermita Nueva. Muchos son jóvenes, que con la excusa de ir a ver la procesión del Cristo, consiguen el permiso para llegar tarde a casa: "Hasta que se encierre el Santo, mamá”. Caminan cuesta arriba en bandada. Grupos aquí y allá hablando fuerte. Llegando por los Lavaderos, las luces de las farolas se apagan de pronto y las mujeres, jóvenes y no tan jóvenes, se agarran del bracete entre risitas nerviosas y susurros. En la Plaza del Padre Poveda no cabe un alfiler. Las puertas del templo se abren y tres tambores roncos rasgan el silencio de la noche con su redoble monótono, avisando del inicio de la marcha.  Los contornos de los cerros se perciben con la brillante luz de la luna casi llena y las filas de penitentes van avanzando por las calles del barrio de las Cuevas, con sus farolillos casi a ras del suelo, alumbrando el camino. Enfilando la...